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“En
una calle cerca de la prepa/
dicen que sale una llorona loca.
Que baila el twist y el rock,
que baila el rock y el twist,
que si la miras todito te alocas...”.
Los Gliders, 1961
Durante más de
500 años y aún en la época de los viajes espaciales y
del calentamiento global, en muchas partes de México se
sigue escuchando el eco de un lamento. Una mujer vaga en
medio de la noche, entre los terrenos baldíos, entre
callejones con muros de tezontle o cantera, lamentando
la muerte de sus hijos. Vestida de blanco, con sus
cabellos sueltos, esta mujer aún estremece a niños y
ancianos, desde el Bajío y hasta en el sureste de
México. Es la Llorona.
Esta antigua
leyenda es la que todo niño mexicano sabe por boca de su
abuelo o por la de algún compañero de la escuela que ha
querido jugarle alguna broma. Y hasta una canción al
estilo de rock’n roll refleja la manera en que seguimos
conviviendo con esta mítica mujer.
La llorona es
mucho más que un fantasma o una aparecida. No tiene nada
qué ver con mujeres horribles de ojos sangrantes y
dientes afilados. No es un ente paranormal ni una loca
que inspiró una historia. La llorona es una mujer sin
rostro ni edad, compendio de muchos símbolos y deidades
prehispánicas. Es una mujer condenada y, al mismo
tiempo, es diosa portadora de un mensaje funesto.
En “Visión de
los vencidos”, libro escrito por Ángel María Garibay, se
recogen los presagios que los mexicas, el imperio del
México prehispánico, recibieron de sus dioses antes de
la llegada de los españoles. Uno de estos presagios hace
referencia a una mujer, la Cihuacóatl o mujer serpiente,
que vagaba entre las amplias calles de la Gran
Tenochtitlan gimiendo y lamentándose: “¡Mis muy queridos
hijos, ya llega nuestra partida, ya estamos a punto de
perdernos! ¡Oh, hijos míos!, ¿a dónde os llevaré?”
Curiosamente,
con la conquista de los españoles, el eco de la
Cihuacóatl se dispersó y en cada región se fusionó con
la imagen de varias deidades femeninas: Auicanime "la
necesitada, la sedienta", diosa del hambre de los
tarascos de Michoacán; Xtabai, diosa del suicidio según
los mayas de la Península de Yucatán; Xonaxi Queculla,"la
señora de la red de carne", deidad de la muerte, del
inframundo y de la lujuria entre los zapotecos, en
Oaxaca.
Y por supuesto,
surgió también la versión “colonial”, la de una hermosa
y joven mujer que, rechazada por el hombre que amaba,
ahogó a sus hijos y luego se suicidó. Al llegar a las
puertas del cielo, Dios le preguntó por sus criaturas y
ella contestó: “No lo sé, mi Señor”, así que se el envió
de regreso para que los buscara.
Y así pasó la
pobre mujer los siglos de la Colonia, los años de
Independencia y la Revolución, buscando a sus hijos
entre los rieles de los trenes, entre las ramas de los
árboles, debajo de los puentes, en las ruinas de las
haciendas... La escritora mexicana Carmen Toscano
describió en “La Llorona” (1959) cómo estremecía a los
habitantes de la Nueva España:
“- Dicen que
su grito más doliente lo lanza al llegar a la Plaza
Mayor, que allí se arrodilla… y, vuelta hacia donde
estaban los viejos teocalis de los indios, besa el suelo
y clama con angustia, y llena todo de aflicción.
- Cuentan que
amó intensamente…
- Que fue
abandonada…
- Que cometió
un horrible crimen…
- Que hizo
correr la sangre de los suyos…
- De todos
modos, habrá sufrido mucho, pobre mujer… ¿por qué no
puede descansar aún?”
Hoy, la ciudad
de México, donde nació su leyenda, tiene otro ritmo y
sus sonidos son abrumadores, aún a altas horas de la
noche. Los niños no son tan crédulos y los abuelos ya no
cuentan tantas historias. Cuánto ha cambiado este México
en cinco siglos. Pero en sitios cercanos, donde la noche
aún inspira temor, habrá todavía quien llegue a su casa
con el corazón desbocado y el rostro pálido, y diga a su
gente en un susurro “Es que escuché a la Llorona...”
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