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La ciudad de
México en la Época Colonial
Conquistar la
capital mexica México-Tenochtitlan fue para los
españoles la primera de muchas batallas que habrían de
librar para lograr imponer su cultura a los habitantes
de aquellas ricas tierras, que durante muchos años se
mantuvieron fieles a sus creencias y tradiciones. A los
frailes de las distintas órdenes que llegaron tras la
Conquista, les costó sangre y paciencia de varios siglos
antes de evangelizar "casi" todo el territorio que hoy
ocupa México. Aún hoy existen varios reductos indígenas
que preservan totalmente sus tradiciones tal y como eran
en tiempos prehispánicos.
El periodo
Colonial de México está pleno de historias que reflejan
esta batalla ente evangelizadores y sometidos, unos por
imponer una nueva fe, otros por mantener el culto a los
antiguos dioses, ya fueran mayas, mexicas, purépechas...
Se sabe que los indígenas ocultaban detrás de los
Cristos e imágenes de santos, figuras de sus antiguas
deidades, para así seguirlos adorando aún frente a los
mismos sacerdotes.
Para
evangelizar a los indígenas, los evangelizadores se
valieron de todos los recursos. Ahí está el caso de Fray
Diego de Landa, quien en un auto de fe mandó quemar
todos los ídolos, objetos sagrados y códices mayas en
una hoguera que permaneció prendida 3 días. Fue sin duda
una gran pérdida no sólo para México, sino para el mundo
entero.
Pero también
está el caso de Fray Pedro de Gante, quien en el
Convento de Acolman llamó a todos los indígenas a
integrarse a una gran obra de teatro que representara el
nacimiento de Cristo y así todos ellos entendieran la fe
católica, dando así origen a una de las tradiciones más
entrañables de México: las pastorelas.
Con el correr
de los primeras décadas como colonia española, la Nueva
España se transformó en un ejemplo para el resto de las
ciudades españolas, debido a la devoción con que se
cuidaban los valores de la fe católica, pero sobre todo,
a la profusión de templos, capillas, conventos,
hospitales religiosos que se construían uno tras otro,
todos con una deslumbrante belleza que no reparaba en
detalles artísticos: retablos cubiertos de oro, óleos de
destacados artistas, maderas y telas finas, figuras
delicadamente elaboradas...
Ya para el
siglo XVII, la Nueva España era una ciudad cuya belleza
competía con la de grandes ciudades europeas. El
sincretismo cultural y la abundancia le daban una
personalidad única a esta urbe de amplias calles cuyo
trazo conservaba el de la desaparecida Tenochtitlan,
pero que lucía bellas fachadas barrocas... Es en este
contexto que sucedió una de las leyendas más sonadas de
la Época Colonial en México.
El Señor del
Veneno
El historiador
mexicano Artemio del Valle Arizpe recogió en su libro
Tradiciones y Leyendas de las calles de México la
historia de dos vecinos de la Nueva España: don Fermín
Andueza y don Ismael Treviño, quienes se vieron
envueltos en un acontecimiento que muchos definen como
un milagro y otros, como una leyenda.
Don Fermín era
un caballero cuyas riquezas bien podrían evitarle la
molestia de madrugar todos los días. Sin embargo, su
devoción lo ponía de pie todas las mañanas antes de que
saliera el sol. Discretamente resguardado en su negra
capa, salía de su casa y se encaminaba a la misa. Al
terminar ésta, volvía de nuevo a su hogar, no sin antes
detenerse ante un Cristo de gran talla y doliente
expresión.
Todos los
días, don Fermín depositaba una moneda de oro en el
plato petitorio que estaba a los pies de la imagen,
cuyos ensangrentados pies besaba con humildad. Nunca
faltaba don Fermín a su cita matutina. Decían los
vecinos que ésta era una de las muchas muestras de la
nobleza que regía el alma del caballero. Contaban que de
su riqueza salía generosamente la ayuda para el pobre
que a él acudía.
Don Ismael
Treviño era igualmente rico, pero su alma era oscura y
envidiosa. Le pesaba el bien ajeno, especialmente el de
don Fermín Azueta, por quien sentía una profunda
envidia. Aprovechaba cualquier posibilidad de hablar mal
de él y se retorcía de amargura si alguien decía un
elogio para el noble señor.
Esta envidia,
que no se sabe de dónde nació, inspiró a don Ismael a
interponerse en todos los negocios de don Fermín. Pero
todo parecía salirle al revés: don Fermín salía airoso
de todos los obstáculos y concretaba sus acuerdos que le
daban éxito y muchas ganancias.
En el corazón
de don Ismael entró el odio por aquel hombre y llegó el
día en que anheló verlo muerto. Inmerso en ese mal
sentimiento, comenzó a planear la manera en que, sin
levantar sospechas, podría asesinar a su enemigo.
Después de
mucho pensar, concluyó que la mejor manera de acabar con
don Fermín era envenenarlo. Halló a un hombre que poseía
el veneno perfecto: un agua color azul que no daba
muerte en el acto, sino que se distribuía en todo el
cuerpo y al cabo de unos días causaba el efecto
esperado, sin causar dolor, sin dejar huella...
Con este
líquido aderezó don Ismael un delicioso pastel que hizo
llegar a don Fermín de parte de su amigo, el regidor del
Ayuntamiento. Complacido, sin imaginar nada de la
envidia que atentaba contra su vida, don Fermín degustó
el regalo junto a su humeante taza de chocolate esa
mañana...
Ávido de saber
los resultados de su crimen, don Ismael no quiso
perderse un solo paso de don Fermín. Desde muy temprano
lo aguardó en la iglesia a la que acudía todas las
mañanas y desde lejos observó todos sus movimientos...
Don Fermín
entró a la iglesia con la lenta majestad que le
caracterizaba. Saludó a todos, como lo hacía todas las
mañanas y escuchó atentamente la misa. Al terminar ésta,
se encaminó al Cristo y rezó sus oraciones. Se inclinó
luego con humilde reverencia hacia los pies para
besarlos... y apenas los rozó con sus labios, una mancha
negra como el ébano se extendió sobre la pálida figura.
El asombro y
el temor se reflejaron en el rostro de don Fermín y de
todos los que rezaban al Cristo. Pero quien tembló de
pavor fue don Ismael, quien al instante corrió a
arrodillarse ante don Fermín y a gritos le confesó su
envidia y cómo había planeado asesinarlo. Estaba claro
que el Cristo, para proteger a don Fermín, había
absorbido aquel veneno y como evidencia había
transformado su color.
El noble
caballero miró a don Ismael y sintió compasión. Le dijo
quedamente palabras de perdón y lo abrazó como a un
hermano al que no hubiera visto en mucho tiempo. Algunos
de los hombres que habían presenciado todo, quisieron
aprehender a don Ismael, pero don Fermín les pidió que
no lo hicieran, que él ya había olvidado la afrenta y en
cambio, les pidió que oraran con él ante el Cristo que
le había salvado la vida.
Don Ismael
salió pálido y abatido de la iglesia. Ese mismo día
abandonó la ciudad y jamás se le volvió a ver. La
noticia encendió el fervor entre los habitantes de la
Nueva España, quienes desde entonces acudían a la
iglesia para ofrecerle veladoras y oraciones. Cierta
tarde, alguna de esas velas cayó y el Cristo se
incendió. Algún tiempo después fue sustituido por otro,
también negro, y fue trasladado al altar de la Catedral
Metropolitana, en el Centro Histórico de la ciudad de
México, donde hoy se conserva.
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