El sonido de la lluvia, el olor de la tierra mojada, el calor del fuego, el color del cielo arrebolado en la tarde y el sabor del café caliente: sensoriales experiencias que guardamos y nos acompañan a través del recorrido por la vida terrena que transitamos.
¿Qué experiencias se manifiestan en ese momento? ¿qué texturas
nuevas aprendemos? ¿qué sentidos nuevos descubrimos? Hasta ahora,
nadie nos ha de dar respuesta a esas preguntas, tan inquietantes
como antiguas para las culturas precolombinas.
Pero hay un momento donde la simple creencia se confunde con la fe,
un momento mágico en el que el más allá y nuestro mundo se
reconcilian, y el llanto y el dolor sufridos ante la irremediable
pérdida del ser querido se transforma, y se vuelven a unir la carne
y los espíritus, el mundo de los vivos y el reino de los muertos,
color, magia, tradición y misticismo vertidos en una de las fiestas
más celebradas por los mexicanos: El día de muertos.
La ofrenda del día de muertos es la esperanza viva de convivir al
menos por un día con quienes desde lejos, de un lugar muy lejano y
remoto, se les permite regresar a la tierra, aquí, a esta tierra de
sabores, olores, colores, sonidos y texturas... donde tienen que
reaprender los sentidos y experiencias que ya no les son útiles, o
al menos, compartir con nuestros elementos, aquellos que seguramente
también tuvieron alguna vez como nosotros, y es nuestra forma, única
posible conocida, de asegurar la comunión en la festividad.
Por eso el color amarillo de la flor de zempaxochitl, para que
puedan verlo con su mínima vista, y es entonces el camino de flores
la guía primera que conduce al convite en la casa, donde el altar
espera su llegada. Y necesario es también reconocer el olor de la
propia casa, para que se sientan a gusto, para que se identifiquen y
puedan disfrutar la estancia en el lugar de sus recuerdos. Por eso
se recurre al uso del somerio o incienso, que debe ser encendido
desde la propia casa y fundir ambos olores, para luego ser llevado
al exterior, y así evitar que se pierda en el camino que ha de
traerle de vuelta al hogar. Se dice además que el olfato es el único
de los sentidos que se utilizan en el más allá, y se desarrolla para
facilitar el regreso guiado por el aroma de la propia vivienda.
Pero no es solo el recuerdo de los sentidos y la vida terrena lo que
permite la comunión. Es también necesario recordarles el mundo tal y
como ellos lo conocieron, el mundo que abandonaron, tan lleno de
materia, tan sensorial.
Se requiere la presencia entonces de los cuatro elementos con los
que todo está formado, en conjunción: Agua, tierra, viento y fuego.
Ninguna ofrenda puede estar completa si falta alguno de estos
elementos, y su representación simbólica es parte fundamental de la
ofrenda.
El agua, fuente de vida, en un vaso para que al llegar puedan saciar
su sed, después del largo camino recorrido. El pan, elaborado con
los productos que da la tierra, para que puedan saciar su hambre. El
viento, que mueve el papel picado y de colores que adorna y da
alegría a la mesa. El fuego, que todo lo purifica, y es en forma de
veladora como invocamos a nuestros difuntos al encenderla y decir su
nombre.
Luego, presentar los manjares que se preparan especialmente es el
ágape en mayor esplendor de toda la fiesta. Dependiendo de los
recursos y la zona geográfica, rondan los tamales y los buñuelos, el
café y el atole, los frijoles y las corundas, el mole y las
enchiladas, comida que el difunto acostumbraba y "que no se te vaya
a olvidar aquel guisado que tanto le gustaba a tu abuelo, ya ves que
siempre se lo hemos puesto en su altar". Hay que servir los
alimentos calientes, para que despidan más olor, y puedan así
disfrutar del banquete.
No puede faltar la foto de la abuela, el sombrero del tío o la
sonaja con la que el bebe no jugó. Calaveras de azúcar con los
nombres de los convidados y calabaza en tacha, dulce típico de la
época. Imágenes de santos, para que los acompañen y guíen por el
buen camino de regreso.
Para los niños, dulces y fruta, para los adultos, cigarros y
tequila. Para todos, la esperanza de tenerlos en la mesa una vez
más, compartiendo un breve instante de tiempo, de nuestro tiempo
como nosotros al fin lo conocemos... Oscar Guzmán.
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