Las Pastorelas a Christmas Tradition

Las Pastorelas
Una Gran Tradición Navideña

by Angelica Galicia  


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 Imagina un lugar en medio de una noche fresca y despejada. Hay a lo lejos un pequeño templo del que provienen risas, música y un cálido resplandor. Conforme te acercas al atrio puedes apreciar más detalles: la iglesia, muy rústica, tiene una puertecita de madera y su austeridad se alegra con la luz multicolor de los muchos farolitos de papel que cuelgan de sus muros. Sin duda, hay una gran fiesta en este sitio.

La algarabía de la gente es contagiosa y te hace olvidar el frío nocturno. Sin que lo pidas, te traen un jarrito de barro con una bebida caliente a base de anís, canela, jamaica y otras especias. Le llaman ponche. Huele delicioso y trae carnosos trozos de caña de azúcar, guayaba y tejocotes.

No puedes dejar de admirar la candidez de la gente que, por cierto, parece estar a la expectativa de algo oculto tras un gran telón improvisado en el atrio. A lo lejos brilla el cuerpo dorado de una gran piñata pendida de una gruesa soga a unos dos metros de altura. Los niños no dejan de mirarla y jugar a que la alcanzan. Es una noche hermosa, llena de estrellas, de aromas y de historias.

Pronto te invitan a sentarte: la función está por comenzar...

‘El arte evangelizador’

Aún cuando los conquistadores se deslumbraron con la primera vista que tuvieron de la Gran Tenochtitlan, a la que compararon con las grandes ciudades españolas; aún cuando vieron a los militares mexicas planear estrategias que por muy poco logran vencerlos, aún cuando los vieron sangrar como ellos, llorar como ellos, al final de la Conquista, el 13 de agosto de 1521, aún no tenían claro qué clase de seres eran los habitantes de estas tierras.

Durante los primeros años, y quizá para su propia conveniencia y de la corona española, se decía que los indígenas eran bestias u hombres sin alma, o cuando menos ‘flacos de capacidad y talento’, según describe Fray Gerónimo de Mendieta en su ‘Historia eclesiástica indiana’. Y como tales eran tratados.

Sin embargo, las órdenes religiosas que llegaron al territorio conquistado para traer ‘la verdadera fe’, se dieron cuenta de que muy lejos estaban los indígenas de ser lentos de entendimiento: no sólo aprendían rápidamente el castellano y se apresuraban a rescatar los vestigios de su historia, también eran profundamente sensibles al arte.


Y fue desde el arte donde los evangelizadores tendieron su primer puente hacia los indígenas. A este respecto hay numerosos ejemplos, como la arquitectura enriquecida notablemente con la percepción naturalista del indígena, los ritmos musicales, la literatura… El arte suplió magistralmente a la lengua en ese encuentro dramático y deslumbrante de dos culturas en pleno florecimiento.

Por una parte, los ‘antiguos mexicanos’, como les llama Ángel María Garibay, tenían nociones de teatro particularmente como medio de enseñanza y comunicación. Fray Diego Durán, en el Códice Ramírez, detalla que los mexicas solían hacer representaciones graciosas que combinaban con danzas, juegos y cantos, para ‘dar placer y solaz a las ciudades’.

Garibay resume: ‘El teatro tenía dos funciones principales: la didáctica y la ceremonial. Los simulacros de guerra que se hacían frente a los dioses para contarles los acontecimientos sucedidos, era teatro, y tenía una función de dar a conocer al pueblo su propia historia. (…) Toda ceremonia era teatro, era representación de algo. Y debemos decir que la música, la danza y el teatro conformaban unidas una sola expresión artística’.

Entre los restos de la Gran Tenochtitlán, los evangelizadores pudieron encontrar ‘los vestigios de una arquitectura que en parte había servido como escenario para grandes espectáculos. Adaptada al clima, consistía principalmente de enormes espacios exteriores, plazas y atrios, muchos de los cuales tenían una plataforma en el centro para las escenificaciones’, según detallan historiadores y arqueólogos en el libro ‘Teatro náhuatl’.

Por otra parte, el castellano vivía un momento esplendoroso en España. Entre los siglo XVI y XVII surgieron una gran cantidad de libros sobre la gramática del español que permitieron la consolidación del idioma y su incursión en las bellas artes, entre ellas el teatro, y la religión era un tema de inspiración ‘obligado’ para los autores.

Los evangelizadores españoles traían consigo la riqueza del ‘mester de cleresía’, poemas escritos en los monasterios allá por los siglos XIII y XIV y que eran difundidos por los juglares, artistas nómadas que iban de un pueblo a otro dejando sus versos en las plazas y salones de palacios.

Pero sobre todo, habían abrevado en el teatro medieval, nacido también en los templos para mostrar de un modo más vívido pasajes bíblicos como la Navidad y la Semana Santa, o bien, vidas de santos y celebraciones como la de Corpus Christi. A estas representaciones se les llamó ‘autos’, acciones o actos, y al irse ‘contaminando’ con situaciones graciosas y bailes, tuvieron que salir de los templos a los atrios, y de los atrios a las calles.

Así, estas dos vertientes, tan distantes entre sí, pero que compartían el gusto por las artes escénicas, encontraron un cauce común en la evangelización, como sucedió en ese pueblito Acolman, donde este sincretismo artístico dio como origen una de las tradiciones más entrañables de México: las pastorelas.

No habían pasado más de diez años tras la llegada de los españoles a Yucatán en 1519, y aún estaba abierta la herida de la caída de la Gran Tenochtilan, en 1521, cuando tres franciscanos arribaron a México en 1523, y luego otros doce en 1524. Entre ellos se encontraban el educador Pedro De Gante, y el compasivo Fray Toribio de Benavente, ‘Motolinia’. Fueron los franciscanos, más que ninguna otra orden religiosa, quienes, con una rica herencia teatral desarrollada en Italia, aprovecharon el potencial de un grupo de mexicas especialistas en las artes escénicas que habían quedado ‘desempleados’, por así decirlo, al ser derrotada Tenochtitlan:

‘Cantores, actores, danzantes y bufones; poetas y oradores, gente experta en la memorización, ya que no dependían de las letras. Existían floristas y escenificadores, artesanos en la confección de vestidos ceremoniales, de joyas, plumería y telas (…), hombres que habían gozado de la aclamación de multitudes en las plazas públicas (…). Asombroso sería que no hubiera nacido un teatro con la llegada de los misioneros’, se detalla en la obra ‘Teatro Náhuatl’.
 


‘En un pueblito llamado Acolman’

A la sombra de las imponentes pirámides de Teotihuacan, en el estado de México, se levanta un pueblito llamado Acolman. Allá por las épocas de los tlatoanis, o emperadores mexicas, la gente de Acolman se dedicaba al comercio de los perros conocidos como xoloitzcuitle. Pero tras la conquista y como el resto de los pueblos vecinos de Tenochtitlan, su estilo de vida cambió radicalmente, y las tierras de este pueblo fueron entregadas, con todo y habitantes, al conquistador Pedro de Solís de los Monteros.

A este pintoresco lugar llegaron los franciscanos con su misión evangelizadora en 1528. Llegaron aún antes que los agustinos, a quienes se les debe el hermoso exConvento de San Agustín Acolman. La mayoría de los historiadores coinciden que fue aquí, bajo el auspicio de los franciscanos, donde surgieron las pastorelas, este carismático género teatral al que se le define como la representación de carácter festivo o alegre, que concluye con la adoración de los pastores al Niño Dios.

De hecho, se sabe que en este mismo lugar, el franciscano Fray Pedro de Gante festejó la Navidad al reunir a un grupo de indígenas y cantar un himno religioso, lo que más tarde se convertiría en las tradicionales ‘posadas’.

Otras versiones afirman que el origen de las pastorelas está en Cuernavaca, con la representación de ‘La comedia de los reyes’, justo en el atrio de la catedral, que por cierto es de hechura franciscana, por lo que el mérito de las pastorelas sigue siendo suyo. Aquí, en la que es conocida como la ciudad de la ‘eterna primavera’, las pastorelas siguen realizándose con el mismo entusiasmo de hace 470 años cada época decembrina.

Germán Viveros, en su ‘Estudios de Historia Novohispana’, explica que las pastorelas tenían una finalidad ‘didáctico-religiosa, que en esencia no pretendió ofrecer un espectáculo por sí mismo ni mucho menos con un propósito estético-literario’.

Los indígenas ‘intervenían fundamental y directamente en la creación teatral, como actores, músicos, danzantes o escenógrafos, además de ocuparse tal vez de la traducción, redacción o revisión de los textos en náhuatl, que resultaban imprescindibles para satisfacer la intención evangelizadora’.

Según relata Robert Ricard en ‘La Conquista espiritual de México’, el carácter litúrgico de las pastorelas pronto se impregnó de la idiosincrasia mexicana al introducir las flores, los cantos, la música y la danza, a fin de que los indígenas las consideraran como una manera de limpiar el aire de los malos espíritus’.

Ricard detalla que una de las obras teatrales más antiguas que se conocen en América, es del franciscano Andrés de Olmos. Data de 1536 aproximadamente y se intitula ‘El Auto de Adoración de los Reyes Magos’. Fue escrita en náhuatl y se complementó con elementos como la danza y la música. Contaba con trece personajes: el Niño Jesús, la Virgen María, San José, los tres Reyes Magos, su mensajero, un ángel, el Rey Herodes, su mayordomo y tres sacerdotes judíos. Es considerada el primer antecedente de una pastorela.

Algunas versiones indican que el ‘Auto de adoración de los Reyes Magos’ fue realizada por un grupo teatral integrado por hombres y mujeres, aunque otras fuentes afirman que las mujeres no podían participar en ellas.

Un dato curioso de las pastorelas es que su nombre proviene de ‘pastorella’, palabra italiana que quiere decir ‘pastora’. Seguramente este personaje fue ‘importado’ del Viejo Continente, toda vez que en México se carecía de ganado qué pastorear. Acaso, los campesinos eran quienes más se acercaban al personaje pastoril.

Al paso del tiempo, la creatividad indígena le fue dando un giro muy peculiar a las pastorelas, que se hicieron de personajes distintivos, como los pastores Gila, lideresa del grupo, y Bato o Bartolo, el personaje ignorante y distraído que permite explicar al público el mensaje religioso. Pronto los pastores se adueñaron del escenario y del argumento para crear las situaciones adversas y cómicas a las que tenían que enfrentarse durante su traslado al pesebre de Belén donde había nacido Dios.

A partir del siglo XVII las pastorelas se fueron acomodando a espacios muy específicos y surgieron cuatro categorías: las pastorelas de las iglesias, que conservan su contenido esencialmente religioso y un lenguaje culto. Las pastorelas de las zonas rurales, pícaras e ingenuas, tienen lenguaje rudo y están impregnadas de cierto humorismo involuntario.

Las pastorelas de los barrios y vecindades se constituyen en tradición de familia y han ido poco a poco dejando su lenguaje pulcro para dar paso a otro cargado de sexualidad, sentido irónico, cómico y muchas veces soez.

Por ello, la Santa Inquisición nunca estuvo muy de acuerdo con estas manifestaciones a las que calificaba de irreligiosas, y acabó por prohibirlas en el siglo XVIII, lo que provocó su decaimiento hacia el siglo XIX. Otro factor que afectó su popularidad fue ‘la preferencia que se daba a novedades y modas de origen extranjero y porque siendo la pastorela teatro esencialmente religioso, padeció el desdén de los liberales que formaron la clase dominante del gobierno de Juárez’, según detalla Juan Francisco Arellano Heredia, en su artículo La más antigua tradición en México.

Sin embargo, otro tipo de pastorela permitió la preservación de este género como una expresión artística totalmente mexicana. Esta vertiente, que ya hacía sus pininos en el periodo de la lucha de Independencia, se caracteriza por la crítica social y política implícita en los diálogos de los pastores. Es el tipo de pastorelas que actualmente tienen más auge en las grandes urbes de México.

Cabe aclarar que, a pesar de las diferencias en cuanto a la manera de desarrollar el tema, todas las pastorelas tienen como trama la lucha del bien contra el mal, la presencia de ángeles y demonios, así como su representación exclusivamente en fechas decembrinas.

La pastorela teatral nace en la pluma de José Joaquín Fernández de Lizardi, quien escribe en el siglo XIX “La noche más venturosa”, primera pastorela que se representa en un escenario con actores profesionales y un lenguaje culto, y que retoma la tradición nacida en la Colonia, pero con elementos muy mexicanos.

Desde entonces casi todos los años en época de Navidad y principios de enero, los teatros mexicanos son escenario de las pastorelas ‘políticas’ o ‘de barrio’, en tanto que las religiosas y rurales tienen su espacio en exconventos o museos.

Lo dice Arellano Heredia: la pastorela es un género que, a sus casi 500 años de vida, goza de excelente salud:

‘Actualmente casi todo dramaturgo tiene su pastorela, como Román Calvo, autor de ‘¿Cómo te quedó el ojo, Satanás?’; Tomás Urtusuástegui, creador de ‘Un güerco va a nacer’; Dante del Castillo, con ‘La caja misteriosa’, etcétera. Todo grupo teatral representa en esas fechas su pastorela, a veces escrita por ellos mismos; también se forman grupos con el único propósito de hacer una pastorela. Éstos existen por centenares, a veces ingeniosamente alusivas a los acontecimientos de la actualidad política y social. Desgraciadamente, pocas se han visto publicadas, pero en estas fechas podemos ver escenificadas para todos los gustos: tradicionales, políticas, musicales, etcétera’.

Hoy, las pastorelas fungen como un escaparate de los principales conflictos de la sociedad mexicana y el deseo de erradicarlos. Así lo dice la especialista en teatro mexicano Isabel Vázquez de Castro: ‘El tema navideño del nacimiento de Cristo y con él, de la redención de la humanidad, evoca la regeneración individual o colectiva, y por lo tanto, la transformación de la sociedad’.
 

 

Lee:  Cómo Escenificar tu Propia Pastorela

 

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