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La Princesa Mintzita Leyenda Purepecha

 

Mintzita

 

Junto a un hermoso lago y bien resguardado por relieves montañosos de México, existió una vez el reino purépecha de Tzintzuntzan. Los habitantes de este reino mantenían una relación armoniosa y estrecha con la naturaleza. Observaban sus ciclos y admiraban su perfección. El agua, el fuego, la tierra y los astros eran los dioses tutelares de este pueblo ribereño.

 

En este reino había un príncipe muy culto y refinado, llamado Huitzingéngari. Su esposa era la bella Mintzita. Vivían en su hermoso palacio de Tzintzuntzan, cuando el fragor de la guerra dominó tierras mexicanas y el reino también quedó sometido a los señores blancos y barbados, los españoles.

 

Huitzingéngari y su esposa, por ser los príncipes purépechas fueron integrados a la nueva nobleza. Él dejó el manto de plumas con los colores reales para vestir el traje español y adoptó el nombre de Don Antonio. Apenas se bautizó, ingresó al colegio fundado por los frailes, donde sorprendía con la lucidez de su pensamiento. Mintzita, mientras, con gran asombro observaba la ciudad de Pátzucaro transformarse con la influencia de los conquistadores. Detrás de la reja de los balcones, Mintzita miraba llegar a las comitivas de la nobleza española. El temor oprimía su corazón. ¡Añoraba tanto su palacio de Tzintzuntzan!

 

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