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La Princesa Mintzita Leyenda Purepecha

Mientras su esposo se adaptaba sin vacilación a la nueva cultura dominante, Mintzita miraba con timidez a su alrededor. Entraba aterrada al nuevo santuario donde aquel Cristo moría eternamente para encender el sahumerio. A Él, como a sus dioses tutelares, Mintzita pedía que su esposo no se enamorara de alguna de las hermosas jóvenes recién llegadas de lejanas tierras.

 

Pero don Antonio, que entre los indígenas era aún emperador, y entre los españoles destacaba por sus elegantes modales y erudición, pronto comenzó a ser objeto de admiración entre las damas españolas. Don Antonio salía cada vez más seguido en su elegante carroza para asistir a fiestas y reuniones de la nobleza instalada en Pátzcuaro, dejando a Mintzita inmersa en la duda y la soledad. La servidumbre le contaba de cómo su esposo era tan complaciente con las damas españolas, especialmente con una, cuya belleza destacaba en las fiestas de los nuevos señores de Pátzcuaro.

 

Cuenta la leyenda que un día, hubo una gran fiesta en el palacio de Don Antonio y Mintzita. En la gran cocina se preparaban los deliciosos platillos típicos de la región, entre ellos, el afamado chocolate, que ya se había apoderado de los paladares españoles. Fue esa noche durante el gran banquete, cuando Mintzita finalmente conoció a la que le habían señalado como su rival: Doña Blanca de Fuenrara, una bella española de ojos verdes como el agua enfurecida de su laguna, piel blanca como la tez de la Madre Luna y cabellos rubios, como el Sol.

 

Mintzita no pudo más y huyó a su terruño. Atrás dejó las cosas tan extrañas que le hacían mal y encontró alivio en sus montañas familiares, en su laguna y sus islas. Allá se puso a hilar una manta larga que parecía no acabar. Sin importar si llovía o si hacía calor, Mintzita hilaba en un rudimentario telar que ella instaló en en tronco de un árbol.

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