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La Piedra del Sol

La Piedra del Quinto Sol

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Este gran monolito con al menos unos 500 años de antigüedad realmente parece hablarnos desde su pétreo silencio. Los ojos hundidos de Tonatiuh, dios mexica del sol, miran desde el centro de esta secuencia cíclica de glifos y fechas.

 

Mide 3.6 metros, pesa 24 toneladas, pero sobre todo, es una obra de arte el compendio cosmogónico de la civilización guerrera y deslumbrante que ocupó el Valle de México.

Se cree que los mexicas llamaron Ollin Tonatiuhtlan a este monolito, lo cual significa “Sol de Movimiento“, y se refiere a la era del quinto sol, que es la que, según la cosmovisión mexica, estamos viviendo ahora y que se prevé termine con una serie de terremotos. 

Replica de la Piedra del Sol

Replica de la Piedra del Sol Colores Originales

 

Pese a su apariencia calendárica, las investigaciones antropológicas dicen que fue usada como un temalacatl, plataforma circular en la que se realizaba el sacrificio gladiatorio, y la sangre del guerrero alimentaba al dios del sol con su sangre y vitalidad.

 

Muy injustos fueron los primeros siglos de vida de este monolito. Apenas tuvo unos años de esplendor entre 1512, fecha en que se cree fue labrado, y 1521, año en que cayó la ciudad de México Tenochtitlan ante los conquistadores españoles. Fueron ellos quienes arrojaron el monolito a un costado del Palacio virreinal, donde permaneció a la intemperie varias décadas. Luego, en un afán de borrar todo vestigio el esplendor de la cultura mexica, fue puesta bocabajo y enterrada.

 

Así pasó dormida dos siglos la Piedra del Sol, hasta que en diciembre 1790, cuando se realizaban trabajos de remozamiento de la ciudad, fue hallada bajo apenas medio metro de tierra, llena de fango.

 

 El hallazgo disparó muchas reacciones. Por un lado, fue la evidencia para la corona española de que los pueblos a los que habían enfrentado en el Nuevo Mundo no eran unos bárbaros, como afirmaban los franceses e ingleses. Los mexicas eran un pueblo civilizado que conocía el círculo y que era capaz de crear una obra de inquietante belleza como ese monolito. Así que apenas unos meses después de ser encontrada, se empotró en la torre poniente de la Catedral Metropolitana, de manera que pudiera ser admirada por todo el que visitara la bella ciudad de México.

Apenas en agosto de ese mismo año se había encontrado también otro monolito azteca, el de la Coatlicue (diosa terrestre de la vida y de la muerte), una imagen mucho más difícil de entender para los conquistadores españoles. Sin embargo, estos dos hallazgos significaron un contundente llamado para los conquistados y para quienes sentían que México merecía ser soberano.

Aunque evidentemente los mensajes liberales provenientes de Europa ya habían seducido a muchos oídos para 1790, sin duda la Piedra del Sol y la Cuatlicue fueron un chispazo de rebeldía, como el detonante que hacía falta para encender la mecha de la guerra por la Independencia de México.

 

 Desde su privilegiado sitio, la Piedra del Sol observó esta y otras batallas, como la ocupación norteamericana en 1847, aunque no sólo fue blanco de admiración, sino de las inclemencias del tiempo y del maltrato de muchas personas durante casi 100 años, hasta que fue resguardada en la Galería de Monolitos del Museo Nacional, en la calle de Moneda del Centro Histórico.

 

Actualmente reside en un hermoso recinto enclavado en el Bosque de Chapultepec. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), recuerda en su sitio web cómo fue su traslado: “Al son de las Golondrinas” dejó para siempre el recinto de Moneda, y pasó frente a la Catedral, transitando lentamente por la Alameda y el Paseo de la Reforma. En una hora y 15 minutos llegó al Museo Nacional de Antropología e Historia para ocupar el lugar de honor de la Sala Mexica”. 

  

 

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