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La Princesa Mintzita Leyenda Purepecha

Los purépechas

 

El purépecha es uno de los muchos pueblos que conforman el crisol cultural de México. Su florecimiento es contemporáneo del esplendor de los mexicas, los habitantes de la gran ciudad de Tenochtitlan. Aunque rendían tributo a este gran imperio prehispánico, este pueblo logró mantener su propia identidad y territorio gracias a que eran excelentes trabajadores del metal, particularmente del cobre y del bronce, con el que fabricaban armas muy efectivas.

 

Una de las herencias más valiosas que conservan los purépechas de hoy, es su idioma, que no se hermana con ningún otro en el mundo. Los nombres de Querétaro, Guanajuato, Pátzcuaro, Janitzio, Avándaro, provienen de su exquisita lengua, que está en peligro de desaparecer.

Los purépechas, también conocidos como tarascos, conservan su maestría en el arte de los metales, pues una de sus artesanías representativas es el cobre martillado, aunque también elaboran primorosos textiles, bellas obras de barro vidriado o punteado y laca perfilada.

Desde aquellos tiempos prehispánicos, este pueblo habita la zona lacustre del centro de México, en una zona que hoy ocupa el estado de Michoacán (lugar de pescadores, en náhuatl). Ahí establecieron el reino cuya capital era Tzintzuntzan y era gobernado por el Caltzonzin o señor de las innumerables casas.

Cuando los españoles llegaron a América y conquistaron el territorio que hoy es México, los purépechas se sintieron aliviados de no estar ya sujetos a la voluntad de los mexicas, así que se entregaron pacíficamente a los españoles. Sin embargo, el conquistador Cristóbal de Olid comandó un saqueo en la región, que marcó el inicio de episodios de violencia, que sólo se calmarían con la llegada de los frailes evangelizadores. De esta época data una hermosa leyenda, sobre una hermosa princesa que se llamaba Mintzita…

 

Mintzita

 

Junto a un hermoso lago y bien resguardado por relieves montañosos de México, existió una vez el reino purépecha de Tzintzuntzan. Los habitantes de este reino mantenían una relación armoniosa y estrecha con la naturaleza. Observaban sus ciclos y admiraban su perfección. El agua, el fuego, la tierra y los astros eran los dioses tutelares de este pueblo ribereño.

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